Amadora, de Tulsa

22/01/2024

Una carta emocionante, desbocada, sin cortapisas, que pone la biografía como eje principal. Pero lo que diferencia este álbum de otros confesionales es que Miren, aunque use la primera persona del singular, en el oyente suena como una primera persona del plural. Porque está escribiendo cosas que nadie canta y vomitando el peso cotidiano y eterno que soportan tantas mujeres, esa soga invisible, que ahoga aunque no se vean. En fondo y forma las letras son magistrales, lupas que amplían. No hay dolor gratuito. No es una joven atormentada sin causa. No es “artista torturada”. Aquí se explica el origen de los desajustes mentales y se va a la raíz misma del problema. Además, los distintos puntos de vista que emplea permiten usar una temática homogénea  sin que se haga tediosa. 


Y es que el nivel sonoro alcanzado en este país es de sobresaliente, pero  sin embargo, la mayoría de los textos (en especial, los masculinos) reflejan el mundo de la misma manera que hace varias décadas. El desamor, las relaciones, el abandono se tragan igual que hace cuarenta o sesenta años. Ha cambiado la tecnología, pero la antropología (en especial, la masculina, no cambia). Modernos en la piel, no tanto en el alma. 


Tulsa, sin embargo, lo cuestiona todo, hasta cuál es su propia voz que ya no es la misma que en discos anteriores. Miren pone voz seria, íntima, burlona, de niña, de vieja y todas se modifican incluso a lo largo de una misma canción. Esas variaciones de timbre y de intención hacen que el mensaje se perciba con una serie de matices muy enriquecedores.


También le da un nuevo uso a la imaginería católica, que en los últimos tiempos ha sido muy recurrida en la música popular española, pero de manera decorativa y epidémica. En “SANTAMÅRTIR”, sobre el ritmo imitado (que no sampleado) de un paso de Semana Santa, se va al meollo del asunto, y cuestiona el sentido esencial del sacrificio por los demás, que al recaer siempre sobre la misma mitad, ya no es sacrificio o amor sino esclavismo.


Tulsa abrió una nueva veta artística con “Centauros” y sigue ese mismo camino, pero donde antes había catarsis liberadora aquí hay una terapia. Si antes había ironía y humor aquí todo es literal y sin un ápice de cinismo. Puede haber algún momento en el que Mirem se ría de ella misma (¿Amor o Transferencia?), pero en este disco ya no hay lugar para reírse de una misma. Ya se ha reído bastante el mundo.


Otra parte soberbia es el tratamiento de las canciones en un ejercicio de contención fascinante. El sonido está construido a base de silencios imponentes, de espacios que dejan sitio a las palabras y hacen del vacío el verdadero cimiento. Los ecos largos que arropan la voz se intercalan con teclados que entran y salen con discreción de puñales gélidos. Hay hallazgos que  ya se hacían en la Atenas del siglo V a.C. como las voces a modo de coro griego en “Amadora” -la canción- que provoca una angustia modernísima nivel Joy Division. 


Sin embargo, el disco no deja un sabor amargo sino de que hay una zona compartida que alguien abrió con su machete y que apunta en una nueva dirección. Quizá Amadora se haya cansado de cuidarnos, pero nos enseña a cuidarnos. Nos abre una gran puerta en la música de este país (y no solo por los textos), que nos saca de lo ya dicho mil veces y que nos lleva al mismo callejón sin salida. Amadora es un nuevo mapa, es texto, es canción, disco  y es teatro. Y, seguramente, termine siendo cómic o película. Porque Amadora es terapeuta, buena amiga y súperheroína. Y un discazo. De los que son brújula.